SAN VALENTÍN - 14 DE FEBRERO
Hace 2 días
Era el día que tanto había esperado. Ahí estaba Rodrigo, el que un día fue un luchador por España y hoy en día es parte de la historia. Hoy era el día en el que saldría del infierno. Su pena ya estaba cumplida, pronto podría escoger subir al cielo o reencarnarse en otra cosa al azar, perdiendo todos sus recuerdos. Quedaban 2 relojes de azufre para que saliera del infierno, en tiempo humano unos 20 minutos. Sus sesiones de tortura habían terminado y los 20 minutos que le quedaban eran para hacer lo que quisiese. Se despidió de su torturador, tanto tiempo y tantas maneras distintas de tortura los unieron. También se despidió de Cerberos, el fiel perro de Hades; que divertidas tardes de invierno a 120 grados pasaron juntos, asustando a los nuevos miembros del infierno. Por último se despidió de Hades, ésta fue la despedida más emotiva. Tras 200 años de torturas a Rodrigo se le permitió jugar partidas de ajedrez con el señor del infierno por cada sesión de tortura que pasara sin gritar ni gemir. El valeroso Cid aguantó más de una vez, lo que le permitió jugar con el grandioso Hades y entablar una curiosa amistado. Esta despedida estuvo marcada por las lágrimas.
Dos hombres cruzan sus miradas.Sus pupilas, unas verdes y las otras azules, se conectan durante unos segundos, segundos que para ellos transcurren como si de horas se tratase. Tras las pupilas verdes circulan pensamientos de guerra, ese chico ya está limpiando su fusil y desenvainando su espada a la vez que grita en silencio a los cielos y a los mares clamando el poder de Ares, dios de la guerra. Tras las pupilas azules se esconde deseo, deseo por esas pupilas verdes y salvajes, ese pelo negro y alborotado, esa barba de tres días y esa boca que respira furiosa pasión. Los ojos verdes piensan: Éste busca guerra; si me toca, me encontrará. Los azules piensan: uniría nuestros mundos en uno solo, con el choque de los cuerpos excitados, respirando un mismo aire, cumpliendo un mismo deseo.
A continuación abrí los ojos, esperé su readaptación a la oscuridad y me levanté. Salí de la higuera y retomé el camino hasta mi casa, cruzando el parque donde aún correteaban algunos niños felices; más arriba la Luna volvió a su blanco estado habitual mientras yo había mi puerta, me acostaba y deseaba que mejore la existencia.
Encima de la estrecha calle se extendía un cielo infinito en cual nadaban las estrellas, bailando con la luna, ajenas a la crueldad de la historia que más abajo, en la Tierra, en ese mismo callejón, iba a ocurrir. Subía la calle ligeramente inclinada una mujer, debía alcanzar ya la treintena, vestía unos zapatos fucsia, una minifalda rosa y unas medias azul celeste; su camisa era sin mangas y de color verde; lucía un pelo corto y rizado. Estaba llegando al final de la calle, en la esquina una mujer esperaba firme alguna cosa. La mujer pasó por delante de la chica de la esquina, percatándose de que era un prostituta, y le brindó una distinguida mirada de desprecio y asco. La malvestida mujer prosiguió su camino, manteniendo el rumbo fijo, con sus andares provocativos. Más atrás quedó la prostituta. Era una mujer joven, de unos 33 años. Iba vestida provocadoramente. Su cara era una hermosa bandera de japón, su cara emblanquecida por polvos de talco y sus labios rojos, rojos como la sangre, sangre que aceleraba su velocidad de circulación a medida que a ella se acercaba un hombre.