18 junio 2014

El pintor sin ilusión

Todo empezó ese día. Todo empezó cuando los fríos delirios que le sacudían la mente se tornaron truenos de crueldad que resquebrajaban su cerebro cada pocos segundos; cada vez que le venía una idea a la cabeza su exigente consciencia la rechazaba con crueldad electrocutando sus circuitos. Su pincel fabricado con pelos de animales no iba a volver a mojarse en la mundana tinta de terrenales colores; su mano, temblorosa y decrépita no iba a ser capaz de pintar un solo trazo en el blanco lienzo que, a sus ojos, se estaba tornando un muro enorme de adversidad y desesperación. Solo pintó un cuadro en toda su existencia, tan solo un lienzo había salido de sus manos y de su cabeza y tal era la perfección de aquella obra que su mente no toleraba las patéticas ideas que ahora llegaban a su cabeza.
Los teléfonos no paraban de sonar. Querían arte; querían el dinero de su arte. Pero a él no le importaba lo más mínimo pues entre su cerebro agitado por los relámpagos de mediocridad que su subconsciente le enviaba con desprecio y los chorreones de pintura que goteaban como un rio por la paleta no había arte. No había arte en todo ese horror, no.
Y cuando ya estaba sumido en la máxima desesperación y cuando la angustia se colgaba de su garganta de tal manera que ya no podía ni siquiera hablar, apareció ante sus ojos el fantasma negro que le había llevado hasta esa situación. Ante sus ojos, su primer cuadro lo miraba con decepción y desdén, como quien mira a un padre fracasado. El fantasma no tenía ni siquiera rostro, era una amalgama de polvo y humo gris en el contorno de una mujer, pero él sabía que era su obra, su primera gran obra.
-¿Qué haces aquí? –dijo el artista con un tono desafiante, intentando esconder los temblores de su voz.
-Recordarte lo que hiciste. –anuncia el fantasma con su profunda y femenina voz.
-No necesito que me lo recuerdes, hice arte. Creé el mejor cuadro que se ha visto en la historia.
-Es curioso, cariño, que el mejor cuadro que se haya creado no esté basado en la creación, sino en la destrucción y la muerte. Mi muerte. ¿Cómo vas a superar un cuadro hecho con mis entrañas? ¿Cómo pretendes conseguir colores como los que creó la sangre que se desbordaba por la cuenca de mis ojos? ¿Cómo…
-Cállate… -la interrumpe apretando con rabia sus puños.
- ¿Cómo pintarás sin un pincel hecho con mi pelo? ¿Cómo…
-Cállate, zorra. –dice sin gritar a través de sus dientes que se aprietan al máximo mientras se clava en su mano sus propias uñas.
-¿Cómo…
-¡Cállate! –grita mientras se abalanza contra el humo que, de repente, ya no está.
Y ya no estaba su obra de arte ante él, pero en su cabeza aún resonaban sus palabras. ¿Cómo voy a crear algo que supere la destrucción y la muerte? La respuesta rondaba su mente a ritmo galopante. Nunca podría superar la destrucción, pero si podría igualarla.
Con ira y resignación el artista tomó la decisión de dejar en este mundo una obra del mismo nivel que su único producto. Al menos moriría dejando los dos mejores cuadros del mundo. Cogió carrerilla y saltó por la ventana, rompiendo los cristales de la vidriera. Los cristales volaron en mil pedazos y cayeron como mil plumas de plata sobre el asfalto, donde pocos segundos después caería el artista tiñéndolos de carmesí.
En sus últimos momentos de agonía el artista se dio cuenta de que tanta vulgaridad no podía ni tan solo acercarse a su primera obra. No había gemidos, ni resistencia ni arañazos. No había sufrimiento en este lienzo. No había dolor, no había placer. Con sus últimas fuerzas consiguió tumbarse boca arriba para coger un poco de airé que aliviase el dolor que le causaba un cristal clavado en su pulmón. En ese momento, lo vio. Vio el lienzo perfecto, el lienzo infinito ante sus ojos. Todo perfección, todo humanidad. Ante sus retinas, el grandioso cielo abrazaba a todas las nubes existentes y por existir. Esa era la obra perfecta. Ese era el cenit del arte. ¿Cómo no lo vio antes? Si la muerte y el sufrimiento habían creado una de las mayores maravillas del mundo, allí, ante sus ojos, estaba la vida y la placidez hecha perfección. Ahora iba a morir y, con él, el secreto para crear la mejor obra que nunca haya visto ese mundo. En el fondo le apenaba, pues millones de personas iban a vivir pensando que el máximo arte era la muerte, cuando realmente la perfección se hallaba encima de sus cabezas. Antes de morir se permitió soltar una carcajada.
-Al fin y al cabo así es la existencia, como el arte. Nadie se da cuenta de lo que es la vida hasta que la muerte le atraviesa el pecho. –sentenció mientras tosía sangre, ladeaba la cabeza y cerraba los ojos.
Todo terminó cuando los fríos delirios que le sacudían la mente desaparecían pues había visto, por fin, el arte idealizado. Ese día, todo terminó.
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