10 mayo 2012

Mágica calle

Muchas historias se cuentan por la calle. Puedes salir a pasear y escuchar, sin exageraciones, unas 4 o 5 historias en una misma tarde. La mayoría suelen ser falsas; la mayoría suelen ser contadas para levantar los ánimos ya que la situación que nos envuelve no es lo agradable que todos querríamos. Sin embargo, ayer, no sé de la boca de quien ni, por supuesto, recuerdo el donde, escuché una historia verdadera, de las que son verdad y, sin ningún temor, puedes comprobar.
Me contaron que en mi ciudad hay una calle mágica. Me contaron que cuando entras en ella vuelves al pasado. Me contaron que puedes ver gente triste sentada en los quicios de las puertas de sus casas, como sucedía en la posguerra; y que puedes ver como la gente pasa hambre y llora como en tiempos pasados. Además, en esa mágica calle, que no divertida, porque en ocasiones la magia no es divertida, porque a veces metes la mano en la chistera para sacar un conejo y te arranca la mano de un mordisco, me han dicho que las condiciones con infrahumanas, como antaño. ¡También me han dicho que se ven huelgas en esas calles! Que rudimentarios tiempos aquellos en los que la gente se veía obligada a defender sus derechos en la calle... ¿Y sabéis qué es lo más absurdo y estúpido de todo? Aún se ven en esa calle ideologías que rompen amistades, colores políticos que separan sentimientos forjados con el paso del tiempo, gente que se pelea entre sí por unos trajeados con corbata que tienen la vida asegurada. Todo eso es esa calle.
Antes he dicho que esta historia si era real; pues quizá no lo es del todo, porque me parece que esa calle ni es mágica ni muestra el pasado, tan solo es el presente de un contexto en el que estamos involucionando.

11 septiembre 2011

Lamentaciones de un mediocre

No sé. Quizá soy demasiado enamoradizo; o quizá una sola palabra creada por tus labios es suficiente para enamorarme. La verdad es que no lo sé.  Puede ser que me precipite; o puede ser que una mirada de tus ojos sirva para eliminar todo resto de dudas. La verdad que no tengo ni idea. No sé de nada. Soy un ignorante existencial; solo sé que me tienes prendido, chiquilla, y no puedo evitar soñar cada vez que te veo, y no puedo evitar reventar por dentro cada vez que me omites, y no puedo evitar soñar con tus cabellos al viento. Desearía llevarte algún día a una ciudad con puerto al amanecer para poder ver como a la vez que sale el sol tú lo eclipsas con tu belleza digna de la Luna. Escribir esto no me solucionará nada, seguiré lamentándome por no decirte nada, por no compartir todo contigo, por verte a lo lejos y fingir que te olvido. Esto es una basura, es lo único que sé; del resto no se una puta mierda.

30 agosto 2011

La muerte del Guardián

Entre en mi casa tras salir a charlar con los amigos. Eran las tres de la madrugada. A los pocos pasos de entrar oí unos ruidos en la planta alta de mi casa. No me caracterizo por ser un hombre valiente, todo lo contrario, más bien se podría decir que soy un cobarde; no me avergüenzo de esto. Saqué mi móvil para llamar a alguien, pero no tenía batería; la había gastado toda enviando mensajes a una tía, maldita puta, chuparle el culo me podía costar caro. Me acerqué a la sala de estar, sin hacer ruido, con la intención de llegar al teléfono fijo. Llegué tras unos segundos mientras tanteaba mi entorno con las manos debido a la mala adaptación de mis ojos a la oscuridad y el hecho de no poder encender la luz para no delatar mi presencia. Cogí el teléfono para llamar cuando algo me hizo colgar. Ahí, encima de mi gran escritorio de madera tono arena de playa, estaba mi libro. El libro. El guardián entre el centeno. Estaba roto; jodidamente roto. Me enfurecí muchísimo, algo ardía en mi interior.
-¡Valiente hijo de puta! -grité con todas mis fuerzas-. Vas a morir como un maldito cerdo.
Rápidamente cogí mi navaja toledana y subí los escalones de tres en tres. Cuando llegué arriba abrí todas las luces para poder ver a ese cabrón. Lo encontré en el baño, buscando joyas en los cajones. Yo diría que pensaba que me estaba tirando un farol al gritar y solo quería asustarlo. Craso error, mediocre gilipollas. Ni me lo pensé y en cinco segundos ya lo había apuñalado. Ahora estaba en el suelo, agonizando; podría haberlo rematado, pero tuve una idea mejor. Me senté sobre la taza del váter y empecé a leerle el libro desde el principio hasta el final, como buenamente pude ya que las páginas estaban partidas, para que se diera cuenta del grave error que había cometido. Unas horas después terminé de leérselo.
-Y por esto vas a morir -dije-. Lo siento, criatura.

Algunos pensarán lo estúpido de mi reacción, pues hay muchos más libros de la misma editorial y fácilmente conseguibles. Pero no es así. Éste es uno de esos libros que cuando lo lees se convierte en único, tuyo, solo tuyo, y no se puede reemplazar.



Quiero pedir disculpas a toda la gente que ha entrado a este blog y no ha encontrado nada nuevo, no tengo excusa, pero la pereza es un enemigo muy duro en vacaciones.

25 julio 2011

Despedida del infierno

Era el día que tanto había esperado. Ahí estaba Rodrigo, el que un día fue un luchador por España y hoy en día es parte de la historia. Hoy era el día en el que saldría del infierno. Su pena ya estaba cumplida, pronto podría escoger  subir al cielo o reencarnarse en otra cosa al azar, perdiendo todos sus recuerdos. Quedaban 2 relojes de azufre para que saliera del infierno, en tiempo humano unos 20 minutos. Sus sesiones de tortura habían terminado y los 20 minutos que le quedaban eran para hacer lo que quisiese. Se despidió de su torturador, tanto tiempo y tantas maneras distintas de tortura los unieron. También se despidió de Cerberos, el fiel perro de Hades; que divertidas tardes de invierno a 120 grados pasaron juntos, asustando a los nuevos miembros del infierno. Por último se despidió de Hades, ésta fue la despedida más emotiva. Tras 200 años de torturas a Rodrigo se le permitió jugar partidas de ajedrez con el señor del infierno por cada sesión de tortura que pasara sin gritar ni gemir. El valeroso Cid aguantó más de una vez, lo que le permitió jugar con el grandioso Hades y entablar una curiosa amistado. Esta despedida estuvo marcada por las lágrimas.
Llegó el momento, debía partir. Avanzó 5 metros tras salir del averno. La temperatura bajaba. Allí había un simpático ser quien le preguntó al Cid que prefería, el cielo o la reencarnación. Pasaron unos segundos hasta que el Cid se dispuso a hablar.
-Siempre he sido un nostálgico. No me atrevería a ir al cielo, todo nuevo; tampoco a la tierra, olvidándolo todo, -suspiró- voy a volver al infierno, durante los últimos 600 años se ha convertido en mi hogar.
-¿Sabes que si vuelves deberás sufrir las torturas igualmente, no?
-Lo sé, en mi tierra se dice, más vale malo conocido que bueno por conocer. Además, aquí fuera hace frío.
El Cid recogió su espada del suelo y se fue hacía la puerta del infierno, espada en hombro y sonrisa en el rostro.

22 julio 2011

El placer de dormir

Tras una comida muy placentera
mueren las ganas, me invade el sopor,
entonces llega un asunto mayor,
entonces llega una siesta severa.

Entro en mi habitación, la cama
espera, lento me acerco, me acuesto.
Perfecto palacio mullido es esto,
gran ceporro es quien a la siesta no ama.

Ya sueño, ya con quien más amo vuelo,
Aquí no hay chascos, ni muerte, ni dolor.
Aquí río, las nubes son mi suelo.

Miro las flores de infinito color,
este gran paraíso es mi consuelo
cuando la vida me deja mal sabor.

18 julio 2011

Adiós eterno

Hoy ha sido el día más duro desde que nací. Ella ha muerto, se ha ido, y con ella, una parte de mí. Sangre de mi sangre, lo dio todo por mí y la quise incondicionalmente. La tristeza me comía a la misma velocidad que me acercaba al cementerio. Mi cabeza solo pensaba en ella; en el dolor de no poder volver a escucharla; en el miedo de despertar un día, dentro de mucho tiempo, y no recordar su rostro. Ahora estaba ahí, dentro de una caja de madera, donde descansará eternamente. Bajo la sombra del ciprés abracé a alguien que sentía mi mismo dolor, apoyó su cabeza en mi hombro y rodeo mi cintura con sus brazos, yo rodeé sus hombros con mis brazos y apoye mi cabeza sobre la suya. Ella empezó a llorar; yo, también; porque llorar es de hombres, de no guardarse nada dentro y mostrar que la quería. Mis lágrimas caían sobre su cabeza y las suyas sobre mis zapatos, ambos compartimos nuestro dolor en unos los peores minutos que he vivido.  Ahora solo queda continuar, ya no tengo miedo a olvidar su cara o su voz, porque una imagen y un sonido pueden desaparecer, pero en mi mente queda una persona que vivirá eternamente.

Adiós, abuela, adiós.

14 julio 2011

El mataviejos

La larga calle se extendía bajo el agobiante sol de verano. Eran las tres del mediodía así que no había nadie por la calle, solamente él. Caminaba con su mochila a hombros y gafas de sol oscuras tapando sus crueles ojos. No pensaba, solo caminaba inconscientemente hacia el destino que se había fijado. A menudo llevaba una gorra negra a conjunto con su camisa y sus pantalones, también negros. Su fama era pujante en todo el territorio nacional por sus múltiples asesinatos y su frialdad. Se caracterizaba por el asesinato de ancianos y su sangre fría; la prensa más sensacionalista ya le había bautizado con el sobrenombre de El Mataviejos. Su modus operandi constaba de tres fases, entrada en la vivienda sin forzar puertas o ventanas y sin que nadie se percate; asesinato despiadado de su presa, que se encuentra normalmente entre los 65 y los 80 años; dejar una nota informando de las razones del asesinato a la policía.
Dolores, viuda, setenta años, jubilada. Abre la puerta de su casa a la vez que se despide de la vecina con un último cotilleo. Entra a su casa y cierra la puerta. La casa está en silencio pero no vacía. La vieja camina por la casa mientras mentalmente critica a la vecina con la que hace cinco minutos estaba riendo. Deja las bolsas de la compra encima del banco de mármol y entra en la sala de estar. Todo parece calmado, solo hay una cosa extraña, la chimenea está encendida y es verano. Dolores se acerca a la chimenea, las llamas crujen, la oscuridad come a las llamas, tras Dolores un martillo le azota en la cabeza antes de que se dé cuenta.
Dolores despierta. Desde sus ojos ve a un hombre alto y fuerte calentando en el fuego una vara de hierro. Intenta gritar pero lleva una mordaza. Nota como su cuerpo está desnudo. 
-Dolores, Dolores, vas a pagar duro cada cotilleo. Podrás pensar que soy del PSOE y quiero aligerar las pensiones, podrás pensar que soy un maldito lunático, podrás pensar que esto es una broma, pero no es nada de eso. No te voy a negar que me divierto con esto, lo considero un bien para el mundo y disfruto haciéndolo, pero mi intención principal es eliminar a todos los viejos asquerosos y decrépitos de la faz de la tierra. Sois unos seres inmundos e inútiles que no merecéis vivir. Además, tú no eres una vieja normal, no solo das asco sino que también criticas a las espaldas, y por eso no solo te voy a matar, te voy a torturar.
Coge la barra ya caliente y se sitúa junto al débil cuerpo de la anciana. Acto seguido comienza con su tortura quemando el cuerpo de la vieja, una quemadura por cada cotilleo. Comienza a oler a barbacoa, la carne se agujerea sin que la vieja indefensa pueda hacer nada. Cuando la anciana ya no puede ni moverse, él dice: Dolores, ya has hecho honores a tu nombre, ahora toca lo bueno, ahora toca morir. Saca un puñar de su mochila, coloca a Dolores boca hacia arriba y con un corte limpio y profesional rasga su cuello y se lleva su vida. Luego le saca un ojo, lo mete en su bolsillo como trofeo, arregla la escena para la policía, llama para que vayan y se va. Cuando la policía llega ya no está, pero encima de la mesa hay una nota que dice:
Uno menos en el mundo, no hace falta que me deis las gracias por los favores que os estoy haciendo, ya llegará el día en el que yo mismo me haga viejo, ese día me devolveréis el favor matándome  de la manera más cruel jamás inventada.