30 junio 2014

Verano




 Llega el verano y entre el cielo y la tierra el sol alcanza hasta el más mínimo resquicio de humanidad. Nadie puede permanecer oculto, excepto yo. Me escondo del calor, del fuego agobiante, del ambiente que arde estando yo tan gélido como una estrella apagada. Me quema los oídos, me calienta la cabeza, derrite mi piel y por poco mi respiración es vapor. Y pese a todo eso, el incendio que me consume es el que está en mi interior; desde mi garganta hasta la boca de mi estómago y de ahí regolfa hasta todas mis extremidades entumecidas. Solo me queda mi mirada y mi mirada solo ve nada.
Y mi mente me miente más que me ayuda; no sé si es el calor o si estaba ya muerta y putrefacta mucho antes del fin del último invierno. Con el último soplo de aire fresco se fue el último atisbo de razón y remplazó su lugar la simpática tontería de tu mirada. Nada frio queda ya en mí, aparte de mi alma.
Ay… el hastío del estío… no hay estío sin hastío, ni estío sin este. Y del estío al vacío del hastío y de ahí directamente al abismo; abismo de verano y de apatía, apatía que no acaba… no me salva… nada me salva. ¡Ay, Dios!, cuan fácil sería si existiese lo divino y borrases de un plumazo los dolores de mi alma, alma de apatía que no me es leve, que me invade y me atormenta; cuan fácil sería que quitase de mi vida los dolores que me afligen… que no están en mis manos… que solamente son reducto del hastío del verano.
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