08 julio 2011

La canción

Hacía calor. Entré en en centro comercial en busca de un oasis que me protegiera de la especie de averno que era el exterior. Caminé sin rumbo, viendo los escaparates llenos de carteles de rebajas. En el interior de las tiendas la gente gastaba y gastaba dándole fuerza a una estrategia tan antigua y simple como eficaz. Entré en una tienda con el único propósito  de curiosear, pero algo extraño pasó. La canción que estaba terminando cuando yo entré en la tienda había finalizado y había empezado otra. Las notas musicales esprintaron por el viento hasta inundar  toda la sala y, por consiguiente, acariciar mis orejas mientras suavemente penetraban por mis oídos provocándome el placer que precede a algo grande, algo que te hará disfrutar.  Y tras unos segundos instrumentales una voz comenzó la canción. Era una voz de mujer, mujer por decir que era del género femenino, porque mi juicio no la relacionó con algo humano, en ese momento desprecié mi ateísmo y me dispuse a rendir culto esa Diosa, ella sería mi divinidad y yo su eterno y fiel profeta. El tiempo pasaba y yo me aferraba a los segundos para que no se escaparan, no quería que esa canción terminara y estaba dispuesto a parar con mi vida todos los relojes del mundo. La voz iba formando su figura, cada palabra que salía de su boca me ayudaba a definir un nuevo rasgo de su cuerpo. Pies del 38, tobillos perfectos, poco a poco se definían unas piernas perfectas y lisas hasta llegar una cintura pequeña, pero no excesivamente. Sus ojos eran preciosos, tan preciosos que el color se perdía en ellos. Sus finos labios invitaban al deseo, cada movimiento que realizaban para liberar una palabra de esa fantástica melodía era un sinfín de placer adicional para mí. Su pelo era largo y oscuro, como el bosque más misterioso, bosque en el que quieres perderte para no salir nunca más. Durante los 30 segundos finales de la canción soñé con una vida junto a ella, unos besos cantados y escribir en una partitura el resto de nuestras vidas. Durante la coda supliqué al mundo que no terminara esa canción, lloré y pataleé como un niño que no quiere soltar su juguete. Finalmente terminó. Estaba vacío. Abandoné mi posición arrodillada y salí  de esa tienda bajo las miradas sorprendidas de la gente. Salí del centro comercial, andé todo recto, abandoné el coche en el aparcamiento y me fui alejando por la calle asfaltada, bajo el sol de verano, ajeno a la gente que caminaba a mi alrededor y despreciando la existencia de todos los que no eran yo y mi Diosa.
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2 comentarios:

  1. Iba a publicar un post MUY similar a este en mi blog. Ya no lo haré, me basta saber que a otra persona siente lo mismo (o lo imagina) con la música. El post que más me gusta hasta ahora.

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