18 mayo 2014

La manfa



Con miedo reseguía la pared de la calle por encima de la cera. Era un niño de papel que temía lo que debía hacer. Avanzaba, paso tras paso, temeroso como la noche precipitada, como quien visita a una bruja desalmada y como quien oye gruñidos al amanecer. Llegaba por fin a tu puerta blanca y  llamaba yo temiendo por mi vida, porque me dabas miedo y ahora me atrevo a decírtelo. Y abrías antes de que mis nudillos llegaran a tu puerta. Me habías visto pasar por la ventana y te anticipabas con una sonrisa. Me cazabas. Quizá te parecía un gesto gracioso pero yo lo temía. Y los segundos se transformaban en horas densas y masticables, mi boca seca gritaba en silencio y tus ojos pesaban sobre mi frente.

Ahora me atrevo, sí. Tenías la apariencia de una bruja comeniños, de una loca irritada que solo quiere la compañía del primer zagal que pase por delante de su casa. Pelo negro lleno de unos rulos que trabajaban incansables 24 horas al día 7 días a la semana. Piel blanca infierno, blanca desesperación, arrugada y pálida como un folio en una papelera; ahora que lo pienso, tu cara era blanca horror, blancura de otro mundo, me sorprende que hayas tardado tanto en morir. Y tus manos llenas de amargura y soledad, me acariciabas la cara mientras temblabas como el agua del mar. Y tu voz salía segundos después de tu boca, de tu desagradable boca, vibrando inconsistentemente como un instrumento de metal oxidado y putrefacto. De verdad. Las palabras se tornaban lágrimas que querían brotar. Mi alma temía. Yo pensaba que no podías ser humana, maldita bruja, no podía ser que tus caramelos de café pegajosos fuesen de este mundo. Pero sí lo eran. Y tú sí eras humana. Porque las brujas no mueren. Y ahora tú estás muerta.

Y cuando me quería ir tus ojos me ataban. Tus ojos de cristal maldecido, tus ojos arrancados de las entrañas de un fantasma nórdico; esos ojos. Me cogías del hombro y me dabas la vuelta. Y de nuevo, cara a cara. Yo ante la muerte, yo ante el horror, yo ante la bruja maldita. Me sujetabas con fuerza dejando caer tus manos sobre mis hombros y acercabas tus labios resecos hacia mí. Me besabas la frente. 1 segundo en este mundo, eternidad en esa vieja casa que olía a soledad.

Entonces me dejabas ir. Me soltabas y yo me iba. Los primeros pasos no conseguía caminar bien, el temor bloqueaba mis rodillas unos instantes. Pero cuando podía, corría con todas mis fuerzas huyendo de ese espectro cruel. Iba lejos, muy lejos. Sabía que sus ojos seguían mi espalda y que la próxima vez que volviera sería peor. Igual pero peor. Porque siempre había próxima vez. Maldita vieja, siempre la había.

Y ahora has muerto. Bruja cruel y fría, ya no estás. Cuando llegó un niño tímido y temeroso anunciando tu partida ni siquiera me acordaba de ti. No sabía ni que seguías engordando palomas con arroz y atemorizando nuevos niños. Te odiaba, bruja solitaria. No te soportaba. Pero ahora que estas muerta, siento que algo se va. Dentro de mi algo desaparece. Mi mente se plantea que quizá echaba de miedo el horror. Pero no la escucho.

Le doy un beso al niño y le dejo ir. Se aleja lentamente, andando raro, y cuando lleva unos pasos arranca a correr. Mis ojos le persiguen hasta el infinito. Me quedo allí plantado. Entonces por detrás me abraza la fría soledad y me susurra al oído algo incomprensible pero insoportable. Y entro a mi casa con todo el horror del mundo sobre mi cabeza. Ahora sé, puta bruja, que nunca fui mejor que tú.
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