18 mayo 2011

Un regalo marciano

-¡Papá, papá! -gritaba el pequeño marciano efusivamente-. ¿Qué regalo me has traído de tu viaje?
-Hijo mío, no fui de viaje a la Tierra por diversión, tuve trabajo y no tuve demasiado tiempo libre para ir de compras, -dijo sin sentenciar- sin embargo, conseguí hacerme un hueco para traerle algo a mi precioso chiquitín.
La cara que en la primera parte de la oración había palidecido recobró su color con más ilusión y fuerza que anteriormente.
-Venga papá, ¡dámelo!- suplicó nerviosamente.
Está bien -respondió mientras hacía un gesto a su robot para que le trajera el regalo.
El pequeño pero fuerte robot salió por la puerta y en pocos segundos ya estaba entrando por la puerta con una enorme caja el sus metálicos brazos. La casa era grande, sin distinción de habitaciones, solamente cuatro paredes de un material semejante a la madera en color pero de la dureza del metal. Las paredes se alzaban hasta los 3 metros y desde ese momento cambiaban su forma curvándose hacia dentro hasta que se unían las cuatro paredes semejándose a la forma de una flor cerrada.
El marcianito cogió el pomo de la caja y tiró de él con fuerza. Se levanto polvo procedente del interior de la caja, polvo que fue inmediatamente desintegrado por un insecto volador y diminuto que destrozó la nube de polvo mediante rayos rojos y verdes. En el fondo de la oscura caja algo se movía, la oscuridad no permitía ver del todo que ser se encontraba en su interior hasta que el espécimen salió de la caja. Era un ser de un metro 80 apróximadamente. Estaba totalmente desnudo, su piel era blanca como la arena de la playa de la sexta galaxia, su cabello era negro como la el sol nocturno de Júpiter, caminaba erguido, sus piernas eran largas y sus labios finos y de un color rojizo. Los labios de dicho animal se abrieron y dijo:
-No se puede tratar así a un ser humano, no hay derecho -dijo tristemente el animal-.
-¡Si además canta con un alegre sonido! Me encanta el regalo papa.
-Todo es poco para mi hijo. Los había negritos, con los ojos cerraditos, grandes, pequeños, con distintos tipos de pelo con diferente color. Pero finalmente traje este.
-Gracias, te quiero, papá.
Y desde ese momento, la familia marciana vivió más unida y feliz que nunca. Pronto enseñaron al bichejo a comer las sobras de la familia y a jugar con el marcianito sin hacerle daño. La única pega fue que con el tiempo se cansó de cantar, solamente sudaba por los ojos de vez en cuando, pero el pequeño marciano lo quiso igual.

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