04 septiembre 2010

Beso de luz

Mi nombre es Nicolás Valera. Trabajo de funcionario con un sueldo irrisorio y con una motivación nula. Mi vida carece totalmente de pasión y no albergo ninguna esperanza de mejora. Lo único que me mantiene en vida y me ha alejado del suicidio es un hecho que sucedió cuando era pequeño, cuando la vida ya me daba los primeros golpes.
Era una mañana de verano. Los primeros rayos de sol se filtraban por la ventana y acariciaban mi rostro despertándome poco a poco.Todo parecía perfecto hasta que me levantaba de la cama. Tenía la costumbre de hacerme un vaso de leche para desayunar y aunque para mi era todo un placer poder acompañarla con galletas, estas eran reservadas para mi hermano. Era el preferido de mi padre y por lo tanto de mi madre, que no era capaz de contradecirlo porque cada palabra que no fuera de su agrado era un golpe de reproche. Esa mañana bajé a desayunar y vi a mi madre. Estaba allí, sentada, frágil como el más fino cristal, con la mirada perdida en el infinito, tenía la ropa rota y por el rabo de su ojo morado por los golpes asomaba el liquido de dolor, el líquido salado de sufrimiento, las lágrimas acariciaban su cara perdiéndose por su largo cuello.
Mi padre había salido con mi hermano, como era habitual, a enseñarle el noble arte de matar animales por pura diversión. Quizás por eso yo no le gustaba, porque no era capaz de concebir eso como un método de ocio, porque le contradecía cuando lo describía como un arte. A mi corta edad de 10 años ya había aprendido una lección muy valiosa, uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla. Había aprendido a no criticar las vulgares aficiones de mi padre, lo había aprendido, eso si, a base de golpes.
Aprovechando la ausencia de mi padre salí a jugar al bosque. Él no me lo permitía. Que yo me divirtiese para él era una desgracia. Yo, por no respetar sus opiniones debía estar condenado a una vida de dolor, sufrimiento y marginación. La mañana era idónea para sumirme en mi universo imaginario en el cual yo era el rey que pilotaba un avión a una velocidad incalculable. Desgraciadamente un elemento del mundo real interfirió en mi audaz aventura. En plena carrera tropecé con la raíz de un árbol cayendo contra el suelo. Cuando desperté no estaba solo, ahí, frente a mí, se encontraba una chica de mi edad de sublime belleza. Cada rizo de su castaño pelo, o cada porción de su blanca piel eran elementos que la hacían lo mas maravilloso que mis ojos habían tenido el placer de ver en toda mi existencia. Creía que no podía mejorar pero me equivocaba, su voz era maravillosa y me sorprendí al percatarme que esa especie de ángel hablaba mi mismo idioma.
-¿Estás bien?
-Sí, claro-respondí.
-Te he encontrado aquí tumbado, ha debido ser un duro golpe.
-Estaba corriendo y tropecé, ¿Cómo te llamas?
-Perdona mi falta de educación, me llamo Sara, ¿y tú?
-Nicolás.
-Un placer conocerte, ¿te apetece dar un paseo?
-Claro, no podría negarme-titubeé
Pasamos las horas entre árboles, charlando de lo muy desafortunadas que eran nuestras vidas. Nos sorprendimos de lo mucho que teníamos en común y no pudimos evitar conectar de la misma manera que conectan los que se conocen de toda la vida. Subimos el bosque hasta llegar al punto más alto y nos sentamos posando nuestras miradas en el universo. El momento se avecinaba mágico. El sol vespertino se filtraba entre las hojas de los árboles y impactaba suavemente sobre nuestros rostros al mismo tiempo que nuestras cabezas se giraban y nuestras miradas se conectaban. Quedamos allí durante no más de 1 minuto, ojo con ojo contemplándola infinidad de dolor que yacía en nuestro interior. Poco a poco nuestros labios se fueron acercando como si de imanes se tratase hasta que se tocaron y una satisfacción de dimensiones colosales inundo mi cuerpo. Creí haber encontrado el sentido a mi vida, creí que nunca mas volvería a sufrir, pensaba dejarlo todo y fugarme con ella a donde fuera, a donde nadie nos conociese ni a nadie le importase que hiciéramos. El placer me impedía abrir los ojos pero hice un esfuerzo y lo conseguí, abrí los ojos y estaba allí, tirado en el bosque y solo, en el mismo lugar en el que había tropezado. No podía creer que todo lo ocurrido fuera falso, no quería creer que la luz de mi vida se había apagado. Recorrí todo el bosque en su búsqueda pero todo fue inútil.
Volví a casa derrotado y abatido. Todo me daba igual. Mi padre dormía en el sofá con unas cantidades de alcohol en su interior. Sabía que la mañana siguiente me pegaría, pero me daba igual. Subí a mi habitación y me detuve unos segundos delante del espejo a contemplar mi rostro cuando encontré el motivo para seguir viviendo. En mis labios había resto de pintalabios, su pintalabios, lo que significaba que todo había sido cierto.
Y eso es lo que me mantiene en vida, la esperanza de encontrarla entre la oscuridad de mi existencia y que sea la luz que ilumine mi oscura vida.
Reacciones:

3 comentarios:

  1. Me llamo Hella, y me has dejado petrificada. En serio, vaya historia. Dime, es veridica o fruto de una maravillosa imaginación? Sea como quiera ser me fascina, me deja el vello de punta y me quedo con ganas de más. Así que vas directamente a blogs que sigo por que tienes mucho arte relatando hechos.

    Un beso!

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  2. Muchas gracias, palabras como las tuyas son las que me empujan a intentar mejorar en lo que escribo. Saber que mis relatos gustan a alguien es muy gratificante y aunque solo sea por ti intentare superarme relato a relato.

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  3. ¡Ah! Lo olvidaba, la historia es fruto de mi imaginación.

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