11 septiembre 2012

La hegemonía del cazurrismo

Existe un problema de índole social mucho más importante que los problemas político-económicos derivados de la coyuntura económica del momento. Al fin y al cabo, estos problemas económicos son una constante que atiende a los ciclos económicos que viviremos regularmente y periódicamente mientras aceptemos el actual sistema económico.
La crisis viene y va. La ignorancia de la población, la xenofobia, el machismo, el egoísmo, la inexistente honestidad, la homofobia, la carencia de empatía, la discriminación a ciertos sectores sociales, la sumisión de   la mente a la apariencia, la pérdida de la cultura, la degradación de unos valores fijos y la omisión de algunas reglas éticas y morales imprescindibles, entre otros, son problemas que están arraigados en la población y que necesitan una renovación.
No es posible que después de tantos años, cargando con una larga historia a nuestras espaldas, todavía existan actitudes de desprecio humano sin ninguna circunstancia que lo "justifique". Quiero decir, es grave discriminar con el objetivo de enriquecerse, pero es mucho más grave y acusable que un ser humano desprecie a otro sin ningún interés que envuelva esa situación. Todos deberíamos tener claro que un ser humano tiene valor solo por el hecho de existir. El lugar de nacimiento, la riqueza de la familia, la cultura, las creencias y otros factores no deben ser nunca un condicionante en el trato de otro ser humano.
De este modo, nos encontramos en la actualidad debates que no deberían ni plantearse, ya que deberíamos haber desarrollado una conciencia social fruto de una coherencia histórica y de unas reglas éticas que desde que el ser humano es inteligente se han formado. Un ejemplo de debate actual impropio es la pena de muerte. Si alguien se plantea la muerte de otro ser humano como respuesta o solución a algo es que, casi con total certeza, no merece más respeto que el sentenciado. Sin embargo, cabe reconocer que desde el dolor de una pérdida cercana, la cólera y la ira nos invada y deseemos la muerte de quien ha provocado dichos sentimientos, pero con un tiempo de reflexión y pensando con la cabeza, no con el corazón, es una barbarie aceptar la muerte.
Otro sinsentido es la aceptación del maltrato de los animales. ¿Quiénes somos para creernos dueño de todo lo que habita en este mundo y, si nos place, maltratarlo? Y aún es más bárbaro, si cabe, la justificación de dichas actividades por que es la tradición. Y un cuerno, señores. ¿Y la tradición de las reglas éticas y morales? ¿Dónde quedan tantos siglos de desarrollo mental? ¿Por qué decidimos validar por la tradición la tortura animal y omitimos tanto reglas éticas y morales como normas políticas forjadas durante siglos? Muy coherente, rechacemos doctrinas de Kant, Maquiavelo, Rousseau,etc. y aceptemos las palizas que le dieron 4 analfabetos hace 200 años a un toro.
Por todo esto, urge una renovación moral de la sociedad española desde la base de la educación mediante la implantación de valores. Si se planta bien la semilla evitaremos que crezca torcida, que crezca como quiera, pero respetando siempre unos principios básicos. Y mientras no se produzca esta renovación, disfrutemos de la hegemonía del cazurrismo.
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